miércoles, 12 de noviembre de 2014

"El Perseguidor" de Julio Cortázar


   es uno  de los relatos más inquietantes a los que me he enfrentado en mi vida de lectora. En él se presenta un problema sobre la existencia y la percepción de la realidad. Gracias a la rotura del tiempo que se produce en la mente de personas divergentes, los demás, nos hacemos preguntas sobre las certezas que nos acompañan en la vida y las razones que nos llevan a apreciar la genialidad de seres al margen de las variables de nuestro espacio “certero”.

   La prosa llena de matices de Cortázar nos despliega un mundo de sensaciones de percepciones diferentes al que cimienta nuestras vidas. Las verdades absolutas, las variables más científicas se rompen ante la particular visión de un individuo, desde su locura, su delirium narcótico o su diversidad representacional, interpelándonos con la conmocionante idea de un tiempo no tan lineal en un espacio no tan importante. Y Bruno, el biógrafo del protagonista, uno de los seres que más lo conocen, se presenta intranquilo, tambaleante ante la posibilidad de que haya algo de verdad en la desorientación de Jonhny.

    Esta “novella” nos muestra a un humano de pensamiento divergente, una mente creativa, un hombre único, diferente, atormentado, consciente de su anormalidad perceptiva. Para este ser extraño la temporalidad se desdobla, se alarga o se acorta, un cuarto de hora puede atraparlo en un minuto, el ayer, el mañana o el hoy se superponen y es consciente del esfuerzo que le cuesta comprender su distancia, por eso se desespera, por eso se droga o ¿es la droga la que le hace tener esos delirios? Únicamente cuando toca, su diversidad es apreciada por el común de los mortales, esa extraordinaria concepción del tiempo le lleva a sonidos y ritmos inauditos, pero en estos momentos no es él quien consigue la cordura, es la audiencia la que rompe el tiempo a través de él y se recrea. Esta concepción de la realidad no nos vale, a la que no le damos permiso para toda nuestra existencia, pero sí para momentos hedonistas que el común de los mortales nos permitimos de vez en cuando para poder seguir con vida.

        El “perseguidor” podría haber sido cualquier artista, no necesariamente un saxofonista de jazz y no precisamente Charlie Parker. En Charlie Parker Cortázar encontró un "hombre" que pudiera haber sentido la crudeza de la incertidumbre, que se pudiera haber cuestionado si este mundo de verdades absolutas lo era por realidad o por convención, cuya falta de empatía y cierta permisividad que la masa tiene con los artistas, le hubieran impulsado a expresarlo, aunque pocos acertaran a vislumbrar siquiera la posibilidad de un axioma coherente, su vida, sus desórdenes, sus adicciones, su incapacidad para expresar sus sentimientos, ni siquiera con el saxo o el sexo, lo invalidaban para presentar una alternativa.

    Sólo Bruno, desde su profundidad intelectual, consigue entrever, con cierta pena por Jonhny, resquicios de otra opción a la razón general, los demás lo consideran simplemente un artista, un genio del Saxo Bajo que como otros muchos talentos flaquea con sus defectos de carácter.


    Este cuento largo es una joya intelectual, un revulsivo para las conciencias y me sugiera una pregunta envenenada: ¿Si consideramos que personajes como estos están desequilibrados, que su discurso es producto de su locura y el abuso narcótico, porqué, sí, porqué nos fascinan tanto, y sobre todo porqué sus producciones artísticas tienen ese punto de genialidad que nos conmueven como no hacen otras?

Ana E.Venegas

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