Los Recuerdos del Porvenir de Elena Garro es la mejor novela que he leído en años, y he leído mucho, mucho. No puedo explicaros la irritación que me produce el hecho de no haber conocido esta obra hasta ahora y sobre todo por el tufo de cancelación que hay detrás de la autora, que era católica, que era crítica con las hordas revolucionarias mexicanas, y con todo lo que a ella le pareciera injusto o corrupto, y que fue esposa maltratada de Octavio Paz. No sé si alguna vez hubo violencia física en ese matrimonio, pero sí un esfuerzo por el aislamiento, el deseo de hacerla retroceder al lugar de la mujer, la casa y los hijos y la ira que le producía al escritor la frustración de no haberlo conseguido. Hoy Octavio Paz es un Premio Nóbel, pero yo me atrevo a deciros que ninguna obra de Paz llega a la genialidad literaria de Los Recuerdos del porvenir.
Para empezar, porque es lo que más llama la
atención cuando acometes la novela, es que el narrador no es una persona, es un
pueblo, que empieza en primera persona del singular, siendo pueblo y campo
físico y luego, se va abriendo al plural cuando, además del espacio, el
narrador es el conjunto de personas que habitaron el pueblo en todos los
tiempos. Pero hay más voces, la autora habla también por cada personaje y el
tiempo se concretiza cuando cada uno de ellos habla en sus diálogos.
Otra cuestión es la valentía de encuadrar
esta historia en un conflicto de la historia mexicana, las Guerras Cristeras,
de la que no se habla mucho, yo no las conocía, pero que devienen de la
degeneración de la Revolución Mexicana. Cierto que las injusticias antes de la
revolución eran intolerables, pero en cuanto los revolucionarios se vieron con
el poder, lo maltrataron, como siempre, y este siempre es importante en la
obra, porque el tiempo circular es una de sus argumentaciones más sólidas y
retóricas.
Los generales revolucionarios hicieron y
deshicieron y se pelearon entre ellos por el poder, y metieron en grandes
conflictos a la población mexicana, que sí pudo disfrutar de algunos avances
revolucionarios como la educación pública que luego se implantó, pero que
también tuvo que sufrir despropósitos como los que orquestaron las Guerras
Cristeras. Como os digo yo no tenía ni idea de que hubiera ocurrido en México
algo parecido a lo que se dio en la II República española. Me refiero, a sacar
la iglesia de todos los contextos públicos, al extremo de no poder tocar las
campanas, justificar la violencia contra los sacerdotes y monjas, los templos y
los creyentes, no poder hacer entierros religiosos, ni bodas religiosas. Pero
no tuvieron en cuenta que el pueblo defraudado de la revolución ya solo creía
en Dios, y los campesinos, al cesar los cultos, se sublevaron, junto con
familias conservadoras de siempre y los religiosos. Estas guerras cristeras se
solucionaron con represión y muerte, de campesinos, de creyentes, a mansalva.
La santa sede hizo un acuerdo de paz con el gobierno revolucionario y cesaron
las matanzas, pero tuvo que empeñar su dignidad y su posición en ello, los
cristeros lo sintieron como una enorme traición.
En esta atmósfera donde los generales revolucionarios
usaban la violencia contra la población y se habían vuelto corruptos y
ambiciosos, Elena Garro sitúa a la Mujer, a las amas de casa, a las hijas, a
las enamoradas, a las cuidadoras, tan dependientes de sus hombres, y a las prostitutas,
voluntarias o no, quizás raptadas como Julia, una de los personajes principales
en la novela. La mujer siempre es la más vapuleada en las guerras, pierde a los
maridos, a los hijos y la propiedad de sus cuerpos. Esta Julia raptada, según
yo he entendido, procedía de un entorno de artistas, pendones mañaneros por
antonomasia, según la sociedad de la época, se había merecido que la
secuestrara el general Francisco Rosas, que abusaba de ella mientras ella no le
demostraba amor, como él exigía. Su posición social, su poder y el hecho de ser
hombre le habían hecho creer al tetosterónico general que una mujer raptada y
abusada se iba a enamorar de él. Cuando el hombre se frustraba, era aún más
violento con sus hombres y la población Ixtepec, el pueblo creado por de Elena
Garro. Era el momento en que las demás mujeres, porque somos bichos que comen
bicho, la crucificaban diciendo que la culpa de la violencia del hombre la
tenía Julia. No os cuento cómo acaba Julia, porque es lo único esperanzador del
libro, o casi, y es necesario que disfrutéis con uno de los primeros momentos
de la magia de la verdad que se cuenta. Y no me importa si a esto le llamamos Realismo
Mágico, y si es algo que copió Gabriel García Márquez, porque Elena Garro,
detiene en esta novela el tiempo, como luego lo vemos detenido en Pedro Páramo
o en Macondo. La misma Elena decía que ponerle nombre e inventar un movimiento literario era darse demasiadas importancias,
que eso era propio de hombres, de testosterona, como luego diría Mariana Enríquez,
recursos de hombres para promocionarse, vender millones de libros y recorrer
Estados Unidos de Costa a Costa invitados por el terrible y despreciado y
capitalista gobierno de los Estados Unidos, y esto último es mío.
Pues ya os he contado otra idea fuerza
fascinante del libro, el eterno retorno, el tiempo circular, el ser humano que
repite historias que llegan a la sangre una y otra vez. Pero el tiempo también
tiene algo más cuántico en la obra, no es una escritura absolutamente lineal, y
a veces hay que dejarse llevar y no entenderlo todo hasta entenderlo en lo más
crucial, el hombre, el tiempo y el espacio, como en un mecanismo de la física,
eso sí, con una prosa absolutamente poética donde las figuras literarias, están
en el título, en el cuerpo del libro y en cada una de su preciosas e
inteligentes descripciones.
Hay un personaje, Juan Cariño, que es como
el tonto del pueblo, pero introduce un concepto que ahora relacionamos con la
neurolingüística, claro, tenía que ser un loco o un tonto, en un clima de
listos y violentos, pues hablaba de la necesidad de barrer, de recoger por las
calles de la ciudad las malas palabras y devolverlas al diccionario de donde
nunca debieran haber salido. Qué
importante es cómo se dice, lo que se dice y las herramientas fónicas que
utilizamos para ello, neurolingüística del siglo XXI.











































