Los asquerosos, de Santiago Lorenzo. Es la segunda vez que la leo. La primera fue durante la pandemia, me la recomendó mi querida Juana Lapuente, fallecida ya hace dos años, de verdad que me acuerdo de ella una barbaridad porque tenía la nobleza de los vascos nobles.
En fin, Los asquerosos es una novela sobre Manuel un bicho raro que apuñala con un destornillador a un antidisturbios, huye y se refugia en una aldea de la España vaciada. Allí descubre que puede vivir con muy poco, lejos del ruido, el consumo, las obligaciones sociales y las relaciones humanas que le resultan insoportables. Su aislamiento se convierte en una forma de libertad: aprende a sobrevivir con recursos mínimos y encuentra en la lectura, la austeridad y la soledad una manera de reconstruir su vida.
A través de una prosa irónica, satírica y llena de humor, Santiago Lorenzo contrapone la tranquilidad de la vida solitaria con una sociedad dominada por el consumismo, las apariencias y el ruido.
Cuando la leí la primera vez, me pareció divertido el chico antisistema que se apodera de una casa que no es suya y que quema la de los vecinos cuando a una familia se les ocurre llegar allí con sus cosas de familias, barbacoas, niños, juegos, ruido, perfumes y ciudadismo. En esta ocasión, cinco años más tarde, me ha costado más digerirla: agresión al policía, okupación y el sentido de superioridad moral del protagonista que no contamina, ni tiene ambición, ni es workalcoholic, ni padece todos los pecados de nuestro mundo sistémico. Pero, en realidad es un delincuente, no un hombre libre como se nos muestra. El autor nos induce a mirarlo con comprensión e incluso con admiración pero, en esta segunda lectura no ha colado, no, no tiene para mí perdón de Dios, quizás por los conflictos sociales que estamos viviendo. Es verdad que todos tenemos derecho a una vivienda digna, pero no me van ustedes a decirme que la vivienda la tengo que proporcionar yo con mis impuestos o que me la pueden quitar por estar vacía, como si la quiero tener pintada de rayas. Yo con gran sacrificio me he comprado una, con mi hipoteca y mi sometimiento al sistema. Cuando un ciudadano pide pero no da, se come los servicios del estado a otros ciudadanos que sí han pagado al sistema, por ejemplo los de los jubilados que cada vez tiene peor asistencia sanitaria.
La puntilla del postureo perroflautez en el libro de Santiago Lorenzo es, en mi opinión, cuando el protagonista resulta herido por un hachazo y oh, sorpresa, no se agacha y se pone en la herida cagajones de burro, no, lo llevan a un hospital, que sostenemos todos los lectores que pagan impuestos cuando compran libros y los trabajadores sometidos por el sistema de los que se burla y a los que rechaza. Es mentira, no es verdad que no necesite nada ni nadie.
En conclusión que tiene pasajes divertidos, pero como está la vida y la cantidad de gente que hay queriendo vivir del cuento, esos a los que no les gusta trabajar y piensan que nosotros, como estado, tenemos que pagarles la sanidad, la educación y si me apuras la barriga llena, pues me ha hecho menos gracia que la primera vez que lo leí. ¿Con qué derecho un tío se apodera de una casa y encima le molestan los vecinos que han cumplido con todas las obligaciones de ciudadano productivo? También creo que cada ciudadano debe poder vivir como quiera, pero no a mi cargo, es lo tengo más claro.

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