martes, 20 de octubre de 2026

Los recuerdos del porvenir, Elena Garro, reseña


     Los Recuerdos del Porvenir de Elena Garro es la mejor novela que he leído en años, y he leído mucho, mucho. No puedo explicaros la irritación que me produce el hecho de no haber conocido esta obra hasta ahora y sobre todo por el tufo de cancelación que hay detrás de la autora, que era católica, que era crítica con las hordas revolucionarias mexicanas, y con todo lo que a ella le pareciera injusto o corrupto, y que fue esposa maltratada de Octavio Paz. No sé si alguna vez hubo violencia física en ese matrimonio, pero sí un esfuerzo por el aislamiento, el deseo de hacerla retroceder al lugar de la mujer, la casa y los hijos y la ira que le producía al escritor la frustración de no haberlo conseguido. Hoy Octavio Paz es un Premio Nóbel, pero yo me atrevo a deciros que ninguna obra de Paz llega a la genialidad literaria de Los Recuerdos del porvenir.

    Para empezar, porque es lo que más llama la atención cuando acometes la novela, es que el narrador no es una persona, es un pueblo, que empieza en primera persona del singular, siendo pueblo y campo físico y luego, se va abriendo al plural cuando, además del espacio, el narrador es el conjunto de personas que habitaron el pueblo en todos los tiempos. Pero hay más voces, la autora habla también por cada personaje y el tiempo se concretiza cuando cada uno de ellos habla en sus diálogos.

    Otra cuestión es la valentía de encuadrar esta historia en un conflicto de la historia mexicana, las Guerras Cristeras, de la que no se habla mucho, yo no las conocía, pero que devienen de la degeneración de la Revolución Mexicana. Cierto que las injusticias antes de la revolución eran intolerables, pero en cuanto los revolucionarios se vieron con el poder, lo maltrataron, como siempre, y este siempre es importante en la obra, porque el tiempo circular es una de sus argumentaciones más sólidas y retóricas.

    Los generales revolucionarios hicieron y deshicieron y se pelearon entre ellos por el poder, y metieron en grandes conflictos a la población mexicana, que sí pudo disfrutar de algunos avances revolucionarios como la educación pública que luego se implantó, pero que también tuvo que sufrir despropósitos como los que orquestaron las Guerras Cristeras. Como os digo yo no tenía ni idea de que hubiera ocurrido en México algo parecido a lo que se dio en la II República española. Me refiero, a sacar la iglesia de todos los contextos públicos, al extremo de no poder tocar las campanas, justificar la violencia contra los sacerdotes y monjas, los templos y los creyentes, no poder hacer entierros religiosos, ni bodas religiosas. Pero no tuvieron en cuenta que el pueblo defraudado de la revolución ya solo creía en Dios, y los campesinos, al cesar los cultos, se sublevaron, junto con familias conservadoras de siempre y los religiosos. Estas guerras cristeras se solucionaron con represión y muerte, de campesinos, de creyentes, a mansalva. La santa sede hizo un acuerdo de paz con el gobierno revolucionario y cesaron las matanzas, pero tuvo que empeñar su dignidad y su posición en ello, los cristeros lo sintieron como una enorme traición.

    En esta atmósfera donde los generales revolucionarios usaban la violencia contra la población y se habían vuelto corruptos y ambiciosos, Elena Garro sitúa a la Mujer, a las amas de casa, a las hijas, a las enamoradas, a las cuidadoras, tan dependientes de sus hombres, y a las prostitutas, voluntarias o no, quizás raptadas como Julia, una de los personajes principales en la novela. La mujer siempre es la más vapuleada en las guerras, pierde a los maridos, a los hijos y la propiedad de sus cuerpos. Esta Julia raptada, según yo he entendido, procedía de un entorno de artistas, pendones mañaneros por antonomasia, según la sociedad de la época, se había merecido que la secuestrara el general Francisco Rosas, que abusaba de ella mientras ella no le demostraba amor, como él exigía. Su posición social, su poder y el hecho de ser hombre le habían hecho creer al tetosterónico general que una mujer raptada y abusada se iba a enamorar de él. Cuando el hombre se frustraba, era aún más violento con sus hombres y la población Ixtepec, el pueblo creado por de Elena Garro. Era el momento en que las demás mujeres, porque somos bichos que comen bicho, la crucificaban diciendo que la culpa de la violencia del hombre la tenía Julia. No os cuento cómo acaba Julia, porque es lo único esperanzador del libro, o casi, y es necesario que disfrutéis con uno de los primeros momentos de la magia de la verdad que se cuenta. Y no me importa si a esto le llamamos Realismo Mágico, y si es algo que copió Gabriel García Márquez, porque Elena Garro, detiene en esta novela el tiempo, como luego lo vemos detenido en Pedro Páramo o en Macondo. La misma Elena decía que ponerle nombre  e inventar un  movimiento literario era darse demasiadas importancias, que eso era propio de hombres, de testosterona, como luego diría Mariana Enríquez, recursos de hombres para promocionarse, vender millones de libros y recorrer Estados Unidos de Costa a Costa invitados por el terrible y despreciado y capitalista gobierno de los Estados Unidos, y esto último es mío.

    Pues ya os he contado otra idea fuerza fascinante del libro, el eterno retorno, el tiempo circular, el ser humano que repite historias que llegan a la sangre una y otra vez. Pero el tiempo también tiene algo más cuántico en la obra, no es una escritura absolutamente lineal, y a veces hay que dejarse llevar y no entenderlo todo hasta entenderlo en lo más crucial, el hombre, el tiempo y el espacio, como en un mecanismo de la física, eso sí, con una prosa absolutamente poética donde las figuras literarias, están en el título, en el cuerpo del libro y en cada una de su preciosas e inteligentes descripciones.

    Hay un personaje, Juan Cariño, que es como el tonto del pueblo, pero introduce un concepto que ahora relacionamos con la neurolingüística, claro, tenía que ser un loco o un tonto, en un clima de listos y violentos, pues hablaba de la necesidad de barrer, de recoger por las calles de la ciudad las malas palabras y devolverlas al diccionario de donde nunca debieran haber salido.  Qué importante es cómo se dice, lo que se dice y las herramientas fónicas que utilizamos para ello, neurolingüística del siglo XXI.

    Finalmente, aunque esta obra, es inabarcable, de hecho las Mujeres Universitarias de Marbella hemos tenido una tertulia literaria sobre ella y fue la más larga y consistente de la historia de nuestras tertulias, no me puedo olvidar de cómo el racismo hacia los indígenas también transgrede la novela, otra gran preocupación de Elena Garro que durante toda su vida estuvo al lado de los indígenas para los que los revolucionarios solo vinieron joderlos más. En más de una ocasión, oímos, desde las páginas de Los recuerdos del porvenir, en boca de personajes violentos y culturalmente crueles: El mejor indio es el indio muerto

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